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Según la Organización Mundial de la salud en los países desarrollados está aumentando considerablemente el número de niños menores de 15 años que sufren estados de ansiedad y malestar, y al parecer uno de los principales motivos que se barajan como causa de este fenómeno son las propias dinámicas educativas que los padres hemos instaurado en nuestros hogares. Vamos con prisa, no somos coherentes con lo que decimos y con lo que hacemos, y parece que estamos pagando con nuestros hijos esas tendencias no muy positivas que a nosotros nos inculcaron en relación a la necesidad de ser perfectos y hacer las cosas bien hechas, pero al contrario que nuestros padres, nosotros no damos tanto tiempo a nuestros hijos ni tenemos la misma paciencia.
Quizá en una sociedad tan competitiva como la nuestra hemos cometido el error de dramatizar lo que es el “fracaso” y de olvidarnos de que los niños, son niños, y por encima de futuros profesionales en primer lugar son personas. Personas en desarrollo que se están formando y tienen ciertas necesidades psicológicas que como padres debemos favorecer y alentar en nuestros hogares. Quizá deberíamos pensar que la mejor cuenta corriente que nuestro hijo va a tener el día de mañana es “su propio ser”: su forma de ser, su autoestima y sus ilusiones, sus talentos. Un GPS interno que nosotros le ayudemos a instalar en su interior, que le ayude a tomar buenas decisiones y a saber conectar su corazón con su razón para saber volver siempre al punto de partida donde todos nos encontramos en los momentos clave de nuestra vida.

Nuestro mundo interior
Lo que un adulto y un niño encuentra en su interior y lo a gusto que se encuentre con lo que hay ahí dentro es determinante para encontrar el bienestar psicológico. El sentirse a gusto con uno mismo es fundamental para afrontar los retos del presente y es una de las principales fuentes de la satisfacción humana. Responde a la pregunta ¿quién soy yo? ¿cómo soy yo? Y ¿me gusta como soy? Estas preguntas nos las hacemos a lo largo de nuestra vida y están conectadas con nuestras experiencias, nuestros logros y nuestros afectos. Son preguntas que enganchan “nuestro ser” con “nuestro hacer” y las respuestas que encontremos serán la gasolina que impulse nuestras acciones en un sentido u otro.
Me pregunto si la sociedad en la que vivimos hoy en día está realmente preocupada en formar buenas personas, personas felices, honradas, y que se quieran a sí mismas. Me pregunto si como padres dedicamos tiempo a ayudar a nuestros hijos a quererse mejor, a buscar estrategias para superar las dificultades con un estilo de crianza amable y bien armado de sentido común que nos ayude a educar respetando a la persona en primer lugar.

Los alimentos de nuestro “yo”
Para quererse a uno mismo es fundamental en primer lugar sentirse querido. Los niños necesitan del amor de sus padres. Las muestras de afecto son el principal alimento del que nutre la psique de nuestros pequeños. Les hace saber y sentir que son importantes y valiosos y que nuestro amor es la fortaleza de seguridad que les protege de los miedos que este mundo, nuevo para ellos, les acecha en algunas ocasiones. Cuando un niño se siente querido poco a poco se quiere a sí mismo de una manera consciente. El amor a uno mismo es la base principal de una autoestima positiva y sana.
El sí mismo se nutre igualmente del sentimiento de autonomía y la satisfacción de saberse útil. Podemos permitir a nuestros hijos que realicen actividades placenteras que les hagan sentir bien. También podemos permitir, como hablamos en el post del mes anterior, que nos ayuden en casa y tengan encargos para ayudarles a ver cómo crece su competencia y su autonomía.
Nuestro yo más profundo toma fuerza cuando puede asentarse en unos valores sólidos y respetuosos. Dar valores a nuestros hijos les ayudará el día de mañana a tener una misión en su vida adulta. A tener empeños y metas por las que merezca la pena luchar. Elige los valores que quieres transmitir a tus hijos y hazlos vida en tu día a día. Esfuérzate por ser coherente con ellos. Esa será tu gran herencia, ya que es la herencia que le dejas en su propio ser.
Phillips Brooks decía que “La grandeza de una persona se puede manifestar en los grandes momentos, pero se forma en los instantes cotidianos”. Si la identidad personal se fortalece en las dificultades, hemos de presuponer que la sensación de crecimiento personal es fundamental para tener una personalidad equilibrada. Pero los niños, al igual que los adultos, pasamos por malos momentos a lo largo de la nuestra vida. Nos bloqueamos, nos atascamos, o sencillamente no nos sentimos capaces. Ahí es el momento en el que los padres tenemos que tener una visión de futuro y calma para acompañar a nuestros hijos para superar esos baches. La vida no es perfecta y nuestros hijos tampoco lo son. No podemos ponernos nerviosos porque las dificultades o los fracasos asomen en la vida de nuestros pequeños. Esos son los momentos en que tenemos que acompañarlos y ayudarles a buscar soluciones. Generarles un pensamiento estratégico para ver cuáles son las opciones posibles y transmitirles aliento en vez de nervios y enfado.
Por otro lado, el alma infantil necesita un hogar lleno de calma donde las personas que hay a su alrededor se quieran y respeten, así el día de mañana le ayudaremos a distinguir en sus amistades quién le respeta y quién no. Y le será más sencillo respetar y hacerse respetar. El “sí mismo” es el reflejo también de nuestras relaciones interpersonales. Si nos rodeamos de gente con una alta calidad humana y le ayudamos a nuestros hijos a hacer lo mismo, no sólo favoreceremos sus relaciones sociales, sino que enriquecemos su mundo interior.
Merece la pena pararse a pensar qué estamos haciendo por la salud emocional de nuestros hijos, por ayudarles a construir su propio ser para que encuentren el día de mañana un lugar armonioso y bonito cuando miren dentro de su interior. Un lugar donde apetezca estar en los momentos difíciles y en los momentos de calma. Un lugar donde puedan conectar consigo mismos y con los valores que se les ha inculcado.
Como padres no hay tarea más apasionante. Ánimo.

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